
En el año 2005 viajé por primera vez a Polonia con mi amigo. Vivimos en una casa de mi tío en un pueblo pequeño. No había allí muchas diversiones pero me sentía muy tranqiulo porque la aldea no era tan ruidosa como Madrid o como las ciudades grandes. Hacía mucho sol y yo empecé a entender por qué mi tío se había transladado a Polonia. La gente era muy simpática y abierta.
El 21 de marzo cada persona del pueblo vino al puente en el río. Los chicos y chicas cogían una muñeca.
-¿Qué está pasando? – pregunté a mi tío cuando él salía de casa.

- Hoy es el primer día de la primavera. Ellos van a hundir esta muneca que es un símbolo del invierno. Esa es la costumbre. – respondió. Estaba sorprendido. En España no hacemos casas así pero me gustó que los niños tiraran la muñeca al río. Alrededor de mi ví unas flores que olían fantástico. Ese día encontré a una mujer pero no pude hablar con ella porque no entendía nada de poloco. Ella era preciosa, se llamaba Ania. Después de dos meses tuve que volver a casa de mi familia pero eché de menos al vida que había dejado en Polonia. Por eso decidí volver y buscar un trabajo allí. Dos años estudié la lengua. Sabía que era necesario aprender polaco pero el polaco era muy difícil. Una vez recibí una carta. Los vecinos de mi tío escribierona allí que el había muerto. Sufría mucho y no podía conformarme con este hecho. A pesar de eso viajé a Polonia una vez más cuando tenía treinta años y me quedé en ese país viviendo en casa de mi tío porque yo lo había heredado.
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